Reflejada en el agua no pude evitar intentar interpretar una sonrisa falsa y con los labios bien estirados para reconocerme, dejando al descubierto una brillante dentadura. A sorpresa mía los hoyuelos simpáticos que recordaba se dibujaron al lado de las comisuras de mi boca. No cabía duda que aquel ser era yo. Pero esos ojos, no pude desprenderme de esa mirada. Eran rojos como la sangre misma y parecían chispear llamas dentro de mi mente, esa mente que me torturaba al solo recordar el rico aroma de aquel humano. ¿Y por qué no me refería a mí misma como humana? Es que era imposible asimilarme como tal, no después de lo visto. No era por egocentrismo, pero al ver mi rostro en la laguna me asombré más de lo que estaba por la hermosa belleza del mismo, era casi….sobrenatural ¡¡¡Pero si yo lo era!!! Todo mi ser era irreal para mí, eso siempre lo supe. “Vampiro” repetí en mi fuero interno con un gran suspiro, “imposible”.
Volví a abrir mi boca y con mis huesudos dedos tomé ambos extremos de mis cachetes y empecé a escudriñar mis dientes. No había ninguna protuberancia que llamara mi atención, ningún colmillo de diablo o demonio, solo dientes y más dientes, pero en perfecta alineación debo admitir.
De repente una vaga idea cubrió mis pensamientos. Cerré los parpados fuertemente y me concentré lo más que podía, pero era casi imposible con esa sed insaciable. Intenté imaginarme volando, pero nada sucedió. No me sentí flotar y no había alas en vez de brazos.
Abrí los ojos frustrada. Ni siquiera vampiro era, al menos eso creía. Pero tenía sed y tenía una gran mezcla de olores en mi cabeza. Todo me daba vuelta por algún decir, me sentía desorientada, fuera de foco.
Seguí con mi mirada el panorama que me rodeaba, veía todo con colores tan vívidos a pesar de la oscuridad, casi ni percibía la noche, para mí, todo parecía como un crepúsculo. Veía perfectamente pero a su vez no podía evitar reconocer que la Luna se había alzado en el cielo.
Me tensé. La Luna, ese astro espectacular lleno de cráteres y brillante como un diamante. La Luna, la noche…¡¡¡EL DÍA!!!
Un escalofrió recorrió mi cuerpo frío. El día, el amanecer….¡¡NO PODÍA EXPONERME A TAL COSA!! No si era un ser de las sombras. ¿Y cuanto quedaba para que el Sol se asomara?
Por un lado quería que mi vida acabara allí, que refulgiera la gigantesca estrella y me convirtiera en polvo, pero por otro lado el instinto de supervivencia se apoderaba de mí.
¿Y mi tumba? ¿Mi ataúd? “No puedo ser un vampiro sin ataúd” sospeché internamente.
Confiando en mis piernas, corrí lo más veloz que pude y me interné en el bosque.
Busqué y busqué un escondite. Tenía que alejarme de la luz, pero nada encontraba. Me sorprendió mi agilidad en cuanto solo pude pensar en mis piernas y en la forma que esquivaba con facilidad la maleza.
De pronto, tras los crujidos de mis pies sobre las hierbas y el pasto se le sumaron latidos, latidos torturadores y, a ellos, diversos aromas. No uno, muchas esencias distintas.
Estaba a punto de enloquecer. Cerré los ojos intentando concentrarme en cualquier cosa pero me saturaba, era más fuerte que yo. Me imaginé que me buscarían, pero pensé haber sacado una ventaja provechosa de la población. No podía vivir nadie allí, ni un leñador. Los árboles y arbustos estaban muy juntos y eran tan grandes y gruesos que hubieran costado añares poder tumbar alguno de sus robustos troncos. Y los animales…. ¿Quién sabe qué seres escalofriantes y peligrosos podían habitar allí? Solo se me ocurría uno…sí, yo.
Pestañé por si la velocidad me jugaba en contra y me mareaba, pero no. Lo que percibí fue un par de linces correr no muy lejos mío, y los veía tan nítidos a pesar de la rapidez de mis pasos. Sus latidos me llamaban la atención al igual que su peculiar fragancia.
Paré en seco, ese olor, esos latidos. Los miré detenidamente recorrer la distancia. Se me hacía agua la boca, pero no podía….no podía pensar algo tan atroz y perverso como lo que se me ocurría dentro de mi fuero interno.
Pero los latidos eran ensordecedores. Yo quería hincar mis dientes, sí, ni más ni menos que ese término, quería hincar mis dientes en aquellas pieles carnosas, probar su sabor, más precisamente, el sabor de su sangre.
No me importaba estar trastornándome por completo, ya no, no me interesaba volverme caníbal, yo tenía que zacear mi sed…y el sonido del goteo de la sangre recorrer su trayecto desde sus débiles corazones hacia sus cuerpos en su totalidad acaparaba toda mi atención y hasta me parecía embelesador.
A partir de ahí, todo fue tan rápido que difícil sería describirlo. Mi subconsciente, el ello de mi mente, le ganó al yo y al superyó en conjunto al ver un lince de la manada pasar frente a mis ojos con una pata rasguñada. De ese simple rasguñó emanaba unas escuetas gotas de sangre que fueron suficientes para derretirme. Como aclaré anteriormente, era indescriptible.
Me agaché y rápidamente me agazapé hacia el pobre animal indefenso. Con una sabiduría imprevista, clavé mis dientes sobre la yugular del ser y absorbí todo lo que pude. No quisiera haber visto mi rostro en aquel momento, estaba segura que debía haber sido el de una bestia. Pero no importaba, sentía placer, no cabía remordimiento en mí hacia aquella pobre y debilucha criatura que se retorcía bajo mis brazos que la apresaban con fuerza sobrehumana mientras gemía tristemente.
Mi consiente se nubló y el picor de mi garganta fue desapareciendo poco a poco, sintiéndome raramente vitalizada…




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